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Patrañas sobre inmigración

El País: 13-05-2019

Roberto Saviano

No estamos siendo invadidos ni rodeados. Lo que no queremos es decir que vivimos una crisis humanitaria de dimensiones épicas

Para cualquier gobierno, la gestión de la inmigración supone un banco de pruebas: fracasar en ello significa fracasar en todo lo demás. De los más de 500 millones de habitantes de la Unión Europea, solo el 7% son inmigrantes. Eso quiere decir que el 93% de la población es autóctona. La ruta marítima clandestina ha sido el resultado de una decisión política, la de cerrar toda posibilidad de concesión de visados de trabajo para Europa a los países africanos. Pero cerrar los accesos legales significa abrir decenas de accesos ilegales. «Somos como un asilo de ancianos frente a un jardín de infancia», así ha definido Emma Bonino la Europa que mira hacia África. Análisis que ha sido rechazado a menudo como mera aspiración del «mundo rico» en relación con el «mundo pobre», la de obtener mano de obra barata, y es precisamente aquí donde se crea el cortocircuito. Tomemos como ejemplo el caso de Italia: para 2025, el número de italianos disminuirá en un millón ochocientas mil personas a causa de la baja tasa de natalidad y de la emigración; para garantizar la capacidad productiva actual y el modelo de bienestar social del país, sería necesario que llegaran en los próximos años al menos un millón seiscientos mil inmigrantes, circunstancia que, merece la pena repetirlo, no pondría en peligro la estabilidad social y democrática del país. Pero los inmigrantes sirven a la política por otra razón, no del todo noble y en absoluto útil para la comunidad: sirven para ganar las elecciones. ¿Cómo? Hay muchas mentiras sobre los inmigrantes que se vuelven virales y el método es siempre el mismo: partir de una información verosímil —no necesariamente verdadera, casi siempre falsa— y usarla contra el «enemigo» que, cuando trata de defenderse, termina propagando la mentira. La negative campaigning es una técnica perfecta que no deja escapatoria a la víctima, puesto que se basa en el estudio de los temores y en la facilidad para instrumentalizarlos. La iluminación que la alimenta es la siguiente: para ganar las elecciones, ¿qué sentido tiene ocuparse de las causas de los miedos y tratar de resolverlos, cuando es infinitamente más fácil crearlos y alimentarlos? Al principio, el adversario era político, en Italia, en Hungría, en Gran Bretaña. Más tarde, dispersada la competencia, se hizo necesario encontrar un enemigo eterno y universal capaz de movilizar al electorado y asustarlo. Ya no era suficiente con decir: hemos derrotado a nuestros adversarios políticos, porque el riesgo hubiera sido una falta progresiva de interés en los asuntos públicos. Lo que hacía falta era el temor a un peligro (la invasión del extranjero) para forzar a las personas a estar siempre listas para la movilización. Así nació el inmigrante invasor, el inmigrante posible terrorista, las ONG que favorecen esa invasión y los financiadores ocultos de las ONG que trabajan para debilitar a Europa, para empobrecerla con hordas de bárbaros y someterla a continuación. Se trata de una reconstrucción que roza el absurdo pero que, sin embargo, ha condicionado las políticas en materia de inmigración de muchísimos gobiernos europeos. El análisis de cómo nace la patraña de las ONG como «taxis marinos» resulta interesante porque muestra cómo la Europa que los soberanistas aspiran a derrocar el próximo 26 de mayo, en realidad ya no existe, si es que alguna vez ha existido realmente. El copyright «taxi marino» no pertenece a Italia, fue en otro sitio donde nació y se propagó la teoría de la invasión de Europa, de las ONG financiadas por George Soros que actúan con fines económicos junto con los traficantes de seres humanos. Entre los primeros en insinuar dudas sobre las actividades de las ONG está la fundación holandesa GEFIRA, que el 16 de noviembre de 2016 publica un artículo en el que básicamente afirma no estar convencida de los objetivos filantrópicos de las operaciones de rescate de las ONG en el mar Mediterráneo sugiriendo motivaciones económicas («Their motive can be money»), aunque admite que «las operaciones están coordinadas por la Guardia Costera Italiana». El artículo se cierra así: a causa de las ONG, los migrantes «terminan» en las calles de las ciudades europeas «incrementando el caos, amenazando la seguridad y elevando el nivel de las tensiones sociales en el continente». La idea del asedio, de la invasión empieza así a deslizarse en el debate público, identificando a las ONG como las responsables de la catástrofe, como chivos expiatorios. Para obtener una imagen más clara de quiénes inspiraron a los youtuber soberanistas e identitarios, así como a los políticos europeos e italianos de todas las formaciones, en su violento ataque a las ONG, vale la pena leer las tesis de GEFIRA tal como se recogieron el 2 de agosto de 2017 en la página openmigration.org: «El multiculturalismo no es solo la posibilidad de una alimentación étnica: es también educación, raíces, valores de base. Aquí sabemos cuáles son los derechos fundamentales de las personas, los hemos inventado nosotros. Si te traes, en cambio, a todos los africanos a Europa, lo que obtendrás será África. Y eso no es lo que quieren los europeos» y luego insiste: «La inmigración no es un problema si seguimos al mando, pero es solo cuestión de tiempo el que la situación acabe fuera de control». Conocemos los números, sabemos cuántos inmigrantes hay en Europa, así pues, ¿cómo es posible dar crédito a estas teorías? Barbara Spinelli, eurodiputada, hija de Altiero Spinelli, padre fundador de la Unión Europea, en su prólogo al estudio Muerte por rescate: los letales efectos de las políticas marítimas de no asistencia de la UE escribe: «En este contexto, no debe olvidarse la mentira que circula entre los países de la Unión acerca de los refugiados. Se habla de una invasión, de un éxodo bíblico hacia Europa, cuando basta con estudiar las cifras para descubrir la evidencia: de los 60 millones de refugiados en todo el mundo, solo un millón ha llegado hasta ahora a los países de la Unión. Apenas el 1,2 % de su población. La mayor parte de los refugiados sirios viven ahora en el Líbano, Jordania y Turquía». No estamos siendo invadidos, no estamos rodeados, hablamos de la crisis de inmigrantes, para no decir que se trata de una crisis humanitaria de dimensiones épicas y para no decir que Europa está perdiendo miserablemente el desafío más importante desde su creación. El 15 de diciembre de 2016, el Financial Times anticipa el contenido de algunos informes confidenciales de Frontex, la agencia de control de las fronteras externas de la Unión Europea, según la cual los emigrantes reciben supuestamente instrucciones precisas, antes de salir de Libia, sobre cómo llegar hasta las embarcaciones de las ONG. El 27 de febrero de 2017, el director de Frontex, Fabrice Leggeri, en las columnas de Die Welt, afirmaba que las ONG se acercan demasiado a las costas de Libia y que, por este motivo, las embarcaciones utilizadas por los traficantes son menos estables. La acusación que se hace a las ONG es la de poner en riesgo la vida de los inmigrantes. Todos estos razonamientos parten del supuesto de que quienes escuchan y leen carecen de memoria: los traficantes utilizan medios de transporte más económicos y menos estables que los barcos de madera y hierro porque estos fueron destruidos en una campaña de la operación EUNAVFOR MED Sophia en 2015. Recuerdo bien que en ese momento fuimos muchos los que pensamos que las muertes en el mar aumentarían a causa de embarcaciones más inestables. Y al mismo tiempo, acusar a las ONG de actuar como factor de atracción es solo una forma de evitar que se realicen rescates en el mar; la misión Mare Nostrum fue cancelada por el mismo supuesto. Pero incluso antes de que el fango salpicara con abundancia a las ONG y a las actividades de búsqueda y rescate en el mar, Barbara Spinelli denunció la falta de intervención de los medios de Frontex, que hacían caso omiso de las solicitudes de auxilio. Mientras las autoridades italianas, de conformidad con las leyes internacionales y la ley del mar, continuaron interviniendo para prestar ayuda a los botes inflables llenos de inmigrantes, Frontex (y por lo tanto, Europa) empezó a moverse en otra dirección. «2016 será recordado» escribe Barbara Spinelli, «como el año en el que la Unión Europea rompió definitivamente el pacto de civilización sobre el que se fue fundada después de la Segunda Guerra Mundial». Lo que ha allanado el camino a las nuevas derechas xenófobas ha sido en buena medida la incapacidad de las inadecuadas viejas izquierdas para afrontar el mayor problema al que se enfrenta hoy el mundo rico: un envejecimiento irreversible y sin precedentes de la sociedad. Una sociedad demográficamente vieja es también, y sobre todo, una sociedad cerrada, que no se concibe en el futuro y que, no por casualidad, mira con recelo a Greta Thunberg y con respeto a quienes temen las invasiones extranjeras e invitan a armarse para hacerse «justicia» por sus propios medios. Una sociedad demográficamente vieja no se confía a los números y a los hechos, sino a los sentimientos y a los miedos. En este escenario, resulta aún más evidente lo infame que fue la conducta de aquellos que insinuaron dudas sobre el trabajo de las ONG y lo irresponsable que ha sido alejarlos de ese tramo de mar donde su presencia llenaba el vacío dejado por Europa. Las acusaron de ser traficantes de hombres, de actuar como un factor de atracción, de ser buenistas por dinero, por intereses, pero la verdad es que, si Europa hubiera cumplido con su deber, las ONG no hubieran sido necesarias. Es más, el único auténtico factor de atracción nunca han sido las ONG, sino Europa, un El Dorado a pocas millas del infierno. Traducción de Carlos Gumpert Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

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