- AUTOR
- Xabier RODRÍGUEZ
- MEDIO
- Gara
- FECHA DE PUBLICACIÓN
- 04-06-2026
Cuando la FIFA eligió hace ocho años la candidatura de Estados Unidos, México y Canadá como sedes del Mundial de 2026 hubo quien levantó una ceja en señal de desconfianza. El formato de sedes compartidas ya se había probado en Corea y Japón y había exigido una importante labor de coordinación para lograr que se entendieran dos países con un pasado de enemistad mutua. «La FIFA jamás volverá a aceptar que más de dos países organicen conjuntamente una competición de este tipo», declaró entonces Sepp Blatter. 16 años después, en cambio, la candidatura presentada por los tres países de Norteamérica encajó perfectamente en los planes del nuevo presidente de la FIFA, Gianni Infantino.El suizo había sido elegido en 2016, después del escándalo del FIFAgate, gracias al apoyo de Europa, Sudamérica, Oceanía y el voto favorable en la segunda vuelta de algunos países de África y Norteamérica. Infantino emergía como el encargado de restaurar la credibilidad del máximo órgano del fútbol mundial después de prometer a las 211 federaciones que forman la FIFA duplicar los ingresos que reciben anualmente de la casa matriz.Para cumplir con esta promesa y asegurarse el apoyo de las federaciones, Infantino debía multiplicar los ingresos de la FIFA. Tanteó el terreno con la propuesta de organizar un Mundial cada dos años, pero no tuvo mucho recorrido. Puso más empeño en la idea de ampliar de 32 a 48 las selecciones participantes y esta vez sí, se aprobó la reforma del formato que se estrenará en esta edición. Un torneo con más partidos, que garantiza ingresos millonarios a la FIFA. También un torneo que exige mayores costes al país organizador y que abría una puerta a las candidaturas compartidas. Infantino pasó por alto el recuerdo de Corea y Japón y sus intereses se alinearon con la candidatura unitaria de EEUU, México y Canadá.El nuevo presidente de la FIFA sabía también que la red de sobornos, fraude y lavado de dinero destapada por el FBI había provocado un vacío de poder en el máximo órgano del fútbol mundial. Sabía que su continuidad en la presidencia dependía de alianzas sólidas que dieran estabilidad a su gestión y no había mejor manera de empezar a tejerlas que entenderse con el país que había descabezado a la FIFA.EL ESTILO INFANTINOEl presidente de la FIFA es consciente de que cuenta con uno de los eventos deportivos que más interés despierta en el planeta y que genera buena parte de los multimillonarios ingresos de la institución con sede en Suiza. Gestionar el Mundial ha implicado siempre intereses políticos cruzados y, desde su origen, la FIFA aprendió a moverse y beneficiarse de ellos. Ya para la organización del primer Mundial de la historia, eligieron como sede a Uruguay después de que su Gobierno se comprometiera a financiar el transporte y alojamiento de las selecciones, la construcción del Centenario… Desde entonces, la FIFA no ha tenido problema en otorgar protagonismo a los líderes políticos de cada país anfitrión, fuera la Italia fascista de Mussolini, la socialdemocracia de Suecia o la dictadura argentina.De cara al Mundial de Rusia, su apoyo al Gobierno de Putin contribuyó a mejorar la imagen del país, muy dañada tras la anexión de la península de Crimea en 2014, y no dudó en calificar aquella edición como «la mejor de la historia». Infantino fue condecorado por Putin con la Orden de la Amistad. Cuatro años más tarde, respaldó a Qatar. Habló de la necesidad de «despolitizar» el Mundial y no dudó en afirmar que Europa debería pasar «los próximos 3.000 años pidiendo disculpas por sus acciones pasadas antes de dar lecciones morales a otros». De nuevo, calificó aquella edición como «la mejor de la historia». Esta vez no recibió condecoraciones de la monarquía qatarí, pero sí consiguió un aliado fundamental.De cara a la edición de 2026, la labor diplomática de Infantino siguió los mismos cauces. Visitas cada vez más frecuentes a la Casa Blanca, actitud servil ante Donald Trump y constantes referencias al papel unificador de la FIFA. Mientras tanto, el presidente de Estados Unidos atacaba a Venezuela y secuestraba a Nicolás Maduro, incrementaba la presión hacia la población inmigrante con los agentes ICE, atacaba a Irán y mataba a su líder, Alí Jameneí, al tiempo que respaldaba a Israel en los ataques sobre el Líbano y el genocidio del pueblo palestino. Ante el incremento de la tensión internacional, Infantino ha optado por mantener su cortejo a Trump, provocando ya la denuncia que la ONG FairSquare presentó ante el Comité de Ética de la FIFA por vulnerar el principio de neutralidad política, recogido en el artículo 15 de su Código Ético y despertando numerosas críticas por su actitud complaciente.EL MUNDIAL DE TRUMPInfantino no está poniendo prácticamente límites a Trump, mientras el presidente de EEUU hace tiempo que viene poniendo piedras en el camino de la organización del Mundial. En junio de 2025 decretó la prohibición de entrada a los ciudadanos de 12 países y restricciones parciales a 7 más. Tres de estos países se han clasificado para el Mundial (Haití, Senegal y Costa de Marfil), pero los aficionados están teniendo dificultades añadidas para conseguir una visa de entrada a EEUU.Caso aparte es la situación de Irán, incluido en la lista de países con el acceso prohibido y que está siendo atacado por las fuerzas armadas estadounidenses. La Administración Trump no ha garantizado la seguridad de su delegación y tampoco la entrada de aquellas personas que han pertenecido a la Guardia Revolucionaria Islámica, considerada «organización terrorista» por Estados Unidos desde 2019 y entre los que se encuentra el presidente de la federación y algunos de los jugadores, incluido el capitán, Mehdi Taremi. La delegación iraní ha establecido su campo base en territorio mexicano. Jugará sus partidos de la fase de grupos en Los Ángeles y Seattle y entrenará en Tijuana, a pocos kilómetros de la frontera.El Gobierno de Estados Unidos ha terminado provocando un ambiente enrarecido de cara a este Mundial, aumentado por la incertidumbre que generan las decisiones erráticas de Trump y con las elecciones de mitad de mandato a la vuelta de la esquina. En el pasado Mundial de Clubes ya buscó tener un protagonismo y la frecuencia con la que intenta vincular su imagen a los grandes eventos deportivos invita a pensar que volverá a hacerlo este verano.TENSIONANDO EL AMBIENTEParadójicamente, la sede del próximo Mundial fue elegida en 2018 como un proyecto basado en el concepto de unidad entre los tres países anfitriones. En ese momento, Trump se encontraba en su primer mandato y ya generó polémicas con México y Canadá. Desde que tomó posesión del segundo mandato, no ha tenido problema en decir que Canadá debería convertirse en «el Estado número 51» de Estados Unidos y ha amenazado con una intervención militar terrestre en México. Mientras la organización del Mundial ha contribuido a estrechar la colaboración entre los tres países en áreas como seguridad o transporte aéreo, al mismo tiempo, se ha visto perjudicada por la crisis arancelaria liderada por el mandatario estadounidense. Trump aprobó tasas del 25% al acero y aluminio procedentes de los dos países vecinos y sus Gobiernos respondieron aprobando impuestos similares a productos estadounidenses. Todo en medio de las negociaciones para renovar el tratado de libre comercio entre los tres países, que Trump ha calificado como «irrelevante» y, en su lugar, negocia con los dos países por separado.Estas disputas han tensado también el objetivo de unidad con el que se presentó la candidatura y, a día de hoy, no está prevista la presencia de ninguno de los tres jefes de Estado en la inauguración del Mundial, que se celebrará el 11 de junio en el estadio Azteca. Ni Trump ni Mark Carney asistirán ese día y Claudia Sheinbaum confirmó hace meses que cederá su entrada a una joven mexicana, mientras la presidenta seguirá el partido inaugural desde las pantallas que se instalarán en el Zócalo de Ciudad de México.No es el ambiente más propicio para el inicio de un Mundial organizado, por primera vez, en tres países y que contará con 48 selecciones, pero sí es la consecuencia de los intereses cruzados, de un afán de protagonismo desmedido por parte de Trump y de cómo lo está gestionando Infantino desde la FIFA. A pocos días de empezar el evento más importante del fútbol mundial, el factor político sigue atravesándolo de arriba abajo.
Enlace al artículo